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viernes, 27 de mayo de 2011

El hombre sanguijuela

El hombre sanguijuela era su rostro más conocido. Visitaba cada noche al pequeño de muchas maneras. A veces era un reflejo en el espejito del baño, otras ese hueco de la puerta casi cerrada de su habitación, y a menudo era la mirada que creía ver debajo de la cama.

Asomaba lentamente por los pies de la colcha, deslizando primero sus dedos largos y fríos sobre los pies del pequeño. Mientras, sus ojos flotaban y flotaban en medio de una cabeza negra y vibrante, como una mancha de tinta que recuperaba la forma poco a poco.

El niño veía esos ojos y se cubría con la sábana. Pero si se destapaba, sabía que él seguiría mirándole. Durante toda la noche. Aunque se durmiera.

Volvía cada día. Para mirarle y para que el niño le devolviera la mirada.

Con cada segundo que ambos se quedaban contemplándose, el hombre sanguijuela era un poco más y el niño un poco menos.

domingo, 8 de mayo de 2011

"Howard"

Tras incontables horas manoseando los viejos libros y manuscritos sobre astronomía y física elemental de su cuarto de lectura, Howard subió torpemente la escalera hacia el dormitorio con sus últimas fuerzas ahogadas entre alcohol y sueño.

Acostaba con pesadez su enjuto cuerpo, mientras doblaba ridículamente las piernas y se apoyaba contra la cómoda de noche, cuando se fijó en el extraño vaho que cubría fantasmagóricamente el delicado vidrio de sus ventanas.

El grueso del cristal parecía ser atravesado de fuera hacia dentro por una blanquecina masa de humedad que palpitaba lánguida, apareciendo y desapareciendo como un aliento monstruoso pero, sin embargo, frágil.

A pesar de los atributos casi fantásticos del fenómeno, Howard no mostró mayor interés que el que despierta para cualquiera una inoportuna nevada en diciembre o una niebla espesa en Londres.

Pero fue entonces cuando un mefítico olor se deslizó por la habitación. La serena inquietud científica de Howard pasó a manifestarse como el primordial miedo de un niño ante la profunda oscuridad. Trastabilló hacia atrás y cayó al suelo.

Un renovado terror le mantuvo esta vez con la vista fija en la ventana. Sólo llegó a ver una colosal forma, bulbosa, borrosa...moviéndose con sordos gemidos. Suspirando, latiendo. Se distinguía una frase mal dibujada en el vaho: -Traenos de vuelta, Lovecraft.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Microrrelato: "Despertar"


Cavaron hondo. Profundo. Hasta taladrar la gruesa y primigenia carne de la tierra. Los cables de cobre que sujetaban la perforadora restallaron y latiguearon en la oscuridad de la caverna. El vacío se llenó de piedras, agua y gritos, y una horrible visión se erguía en el espacio. Miraba el mundo con ojos crueles, apagados, como los de una fiera tiempo encerrada que rodea a sus captores.

Las colosales palmas de sus manos chapoteaban brutalmente contra el barro que se había amontonado en las paredes. Su cuerpo se convulsionaba una y otra vez, tratando de animar lo que durante siniestros eones había permanecido dormido. De las profundidades tras él se deslizaban, gimoteaban, lloraban y gritaban miles de serpenteantes, escurridizas y lastimosas criaturas innombrables. Vibraban, se escupían entre ellas y se retorcían por llegar a la luz.

Los mineros cayeron uno tras otro. Algunos se derrumbaron expuestos a la locura, el resto se perdieron entre corredores y galerías. Permanecieron a oscuras durante semanas, tanteando paredes frías, hambre, desesperación y la piel pegajosa de bestias ciclópeas. Durmieron y no despertaron.

El leviatán caviló. Rasgó la seguridad del mundo con su ensordecedor grito y caminó con pesadez entre bosques y años.

(N para O).