martes, 12 de febrero de 2008

Desempolvando películas: 'El Apartamento' de Billy Wilder (II)

La dirección de Billy Wilder: todo un “Mensch” del cine

En El apartamento todo es puesta en escena, la película se construye gracias a la habilidad en la dirección de Wilder y en su inquietud por estudiar las formas teatrales (más que conocidas por el director) y aplicarlas a la dirección, empleando una tipografía de planos que busca siempre enmarcar a los personajes dentro del campo de la cámara, llamando la atención sobre ellos y evitando que el espectador se distraiga.
El apartamento presume de una exquisita y elegante puesta en escena en blanco y negro (mención especial de la fotografía que sirve para dar la sobriedad de un clásico de Hollywood), y, ante todo, una maravillosa banda sonora del habitual de Wilder, Adolf Deustch.
Pero no todo son aciertos en El apartamento de Wilder. Lamentablemente, hay algunos defectos, desde algunos personajes desaprovechados (como el personaje de Jack Kruschen, el Dr. Dreyfuss) a otros que no acaban de estar del todo definidos (especialmente, el jefe de Baxter, al que interpreta Fred MacMurray), hasta varias elipsis poco comprensibles que dan la impresión de que más de una escena se ha quedado en la sala de montaje.
La mencionada puesta en escena, a cargo del propio Wilder y el guionista I.A.L. Diamond, rellena cada escena con detalles que sólo podrían venir del talento cómico de dos realizadores tan imaginativos. La película se podría casi entender como un “teatro de personajes”, en la que la presencia de la cámara es casi “imperceptible” y que hace que la película sea fácilmente concebible tanto como entretenimiento fílmico como representación teatral, no en vano, el dramaturgo Neil Simon adaptó el guión cinematográfico para su musical “Promises, promises”.
Con unos decorados sencillos y un espacio desnudo, menos artificioso de lo que nos suele presentar Wilder en sus películas, la cinta nos narra y capta a través del objetivo de la cámara historias de “animales urbanos”, personajes entrañables que de una u otra forma se ganan el favor del espectador, ya sea por su inocencia (Fran) o por la “simpatía” que provoca su “mala suerte” (C.C.Baxter).
La mayor parte del tiempo, la responsabilidad de la película recae sobre la habilidad en la dirección de Wilder. Billy Wilder es el encargado de mantener durante las aproximadamente dos horas de metraje el ritmo “sosegado” de la cinta, un reto que afronta con maestría más veces de las esperadas, y muchas de ellas, de forma sorprendente. A pesar de ello, la segunda parte de la cinta está más pobremente estructurada y tiende a alargar innecesariamente las escenas, y por extensión, la secuencia. Es inevitable plantearse la posibilidad de que a la película le “sobre” metraje por algún lado.
Junto a la ya mencionada destreza en la dirección de Wilder, el diálogo y su ejecución se tratan del segundo recurso a destacar en la cinta. La película crea una atmósfera original con la interlocución de sus personajes, crea un sentimiento especial en el espectador, una identificación con los mismos, y, en especial, Wilder se permite, en ese “intercambio de frases” no menos ingeniosas, hacer unos pequeños comentarios sobre los grandes hombres de negocios y su curiosa vida amorosa, infidelidades incluidas.

Los personajes

Sin ninguna duda, la humanidad de la película reside en la dulce interpretación y química entre Jack Lemmon y Shirley MacLaine, y la evolución de esa relación, surgida más de la coincidencia y de los desafortunados encuentros que viven los protagonistas, que del amor a “plena vista” a la que nos han acostumbrado últimamente con demasiada facilidad Hollywood.
El apartamento es todo Lemmon y MacLaine, un filme a servicio de estos dos actores cómicos. Ambos usan la comedia en esta película como debería ser usada; no se trata de hacer buenos chistes, sino de evocar todo un abanico de emociones. Él es C.C.Baxter, un gris oficinista perdido en el mundo moderno, en una ciudad y un trabajo en el que pretende destacar, y un hombre joven cuya contenida ambición le provoca más de un quebradero de cabeza, y por otro lado está la señorita Fran Kubelik, encarnada por Shirley MacLaine, el “premio” por el que se pelean Baxter y su jefe.

El guión

Un leitmotiv de las mejores películas de Billy Wilder es el papel que las mujeres tienen como “catalizadores de la acción” y responsables de la confusión. Pensemos en Gloria Swanson (Norma Desmond) en El crepúsculo de los dioses (1950), Monroe en Con faldas y a lo loco (1959), o incluso Pamela Tiffin en Uno, dos, tres (1961).
Pero aunque se vuelva a “insistir” en esta idea, Wilder sigue demostrando un ingenio innato a la hora de hacer sus películas, y que las hace a todas diferentes y únicas, principalmente, a través de la historia y su ingenioso guión. Cabe mencionar que, de acuerdo a las declaraciones de Shirley MacLaine, el guión para esta película fue escrito según se iba rodando; por suerte, la “improvisación” pareció no afectar al conjunto.
Se pretende que los temas de la película (amor, ambición, arrepentimiento, las esperanzas frustradas…) compensen en ocasiones la falta de creatividad en la dirección (no en vano Wilder nunca ha sido un realizador demasiado “técnico” o “innovador”) y la “linealidad” del montaje, que aparentemente sigue dos recorridos (a modo de escenas teatrales intercaladas): la historia de Jack Lemmon, y la de MacLaine.
Sin duda, Wilder se relaja con esta película. El montaje resulta menos ágil, con un estilo cinematográfico menos alocado del que nos tiene acostumbrado; sin embargo, a compensación, el lenguaje cinematográfico de Wilder es mucho más rico y complejo. Oculto bajo una aparente idea de “sencillez”, y aunque la historia deje lugar al humor, el guión de Wilder nos habla de temas más serios. El guión convierte a C.C. Baxter en héroe. En esta comedia, C.C. Baxter (Jack Lemmon) piensa que tiene el control de lo que ocurre en su vida. En realidad, Baxter es utilizado por sus ejecutivos para sus trasteos extra matrimoniales, pero también el pobre es utilizado por la ascensorista Fran Kubelik (Shirley MacLaine) que le ve como el único hombre decente en esa piscina de pirañas ejecutivas, el único que puede salvarla.
Baxter quiere progresar en la compañía de seguros, y Sheldrake, su relamido jefe (Fred MacMurray), le asegura la promoción a cambio de la llave de su apartamento. Desafortunadamente, descubre que Fran es el escarceo amoroso de Sheldrake, poniéndole en un dilema, ¿amor o dinero?
Con ello se advierte que la puesta en escena del libreto de Wilder y I.A.L. Diamond tiene un serio trasfondo, que se plantea comportamientos de baja moralidad, como la ambición, y la infidelidad conyugal, ambos autocrítica de los más bajos instintos de la masculinidad, contraponiendo esa muestra de masculinidad con la naturaleza inocente de las mujeres.
Y es que dentro de ese “saco de manzanas podridas”, como bien deja caer C.C. Baxter en una de las escenas de la película, el personaje que interpreta Lemmon, un buenazo, ingenuo y crédulo, alma gemela de Fran, es el único hombre merecedor de amor y felicidad.
El apartamento lleva dentro suficiente materia visual y narrativa para integrarse, con pleno derecho, en la filmografía más distinguida y significativa de la comedia americana. No es la obra maestra de Wilder, ni mucho menos, pero citando una de las frases más archiconocidas de una de sus películas: “Nadie es perfecto”.

3 comentarios:

Reverendo Gore dijo...

Sólo puedo citar una de mis películas favoritas: "Somos los...¡Cazafantasmas!...¡hemos vuelto!"

Reinicio de la actividad bloggera, a saber el tiempo que tardaré en detenerla, y con ello ronda por los blogs vecinos de Blog Busters.

Un saludo.

Adri dijo...

Nunca me canso de aprender contigo


(=

un beso

Anónimo dijo...

En mi opinión sí que es su gran obra maestra. Simplemente retrata con una profundidad de campo extrema la vida cotidiana. No sólo los diálogos, sino los gestos, las miradas, los silencios...La escena del espejo roto utilizado por los tres protagonistas es antológica en mi opinión. Puro cine, pero ante todo, la vida misma.

Un saludo.